domingo, 4 de julio de 2021

Alejandro Gómez Arias: "Despertar de la conciencia política"

Despertar de la conciencia política

La presencia tumultuosa de los jóvenes en el gran teatro del mundo es, como se ha repetido tanto, el fenómeno más importante de la historia contemporánea. Ellos exigen participar en las decisiones de la vida colectiva, piden la actualización de universidades y escuelas, demandan seguridades de existencia digna, protestan o se solidarizan. Actúan; es decir, viven. Y han alcanzado el primero de sus triunfos: todos saben ya que nada permanente podrá hacerse en lo futuro sin su concurso.
Con un reflejo de ese panorama y por el conocimiento de nuestras propias condiciones, ha surgido el propósito de iniciar la reforma constitucional que con-ceda el derecho de voto a los mexicanos que cumplan dieciocho años.
No es fácil encontrar objeciones válidas. México es un país de jóvenes y muchos de nuestros compatriotas (hombres y mujeres que apenas alcanzan la segunda década de su edad) están en aulas, campos y talleres construyendo la nación que habitamos. Podría agregarse que la educación media cubre mayores áreas que en el pasado y que un sistema de comunicaciones más amplio nos ha permitido lograr una tenue pero visible unidad. Mas de ningún modo podríamos fundar esa iniciativa en el hecho —tan claro en otras latitudes— de que la creciente actividad política de la juventud impone como respuesta la concesión de una temprana ciudadanía. Por el contrario, si algo caracteriza a la ancha capa juvenil que cubre nuestro territorio, considerada en conjunto, es su desdén por la política. Sabemos con certeza que si se excluyen los grupos —minoritarios frente al total juvenil— que se alinean en los partidos políticos registrados y el también comparativamente reducido número de quienes forman la nueva izquierda —dispersa en fracciones y cegada en la bruma de confusos matices ideológicos y tácticos—, a la inmensa mayoría de nuestros jóvenes el pensar, la organización y la práctica políticos les son ajenos.
Descubrir las raíces de esta áspera y dolorosa realidad no es imposible; las razones se multiplican tanto que el problema no es reunirlas sino sintetizarlas. Aquí, por ello, solamente podemos señalar algunas.
Creemos que en primer término cuenta, en nuestro medio, el descrédito de la política. Hasta el adjetivo "político" parece al pueblo cargado de un cierto sentido peyorativo. Muchos de los jóvenes mejor dotados se apartan de la política considerándola casi una actividad inmoral.
Por otra parte, los partidos políticos "grandes" carecen de atractivo para los jóvenes. Sus lenguajes, sus métodos, sus programas, han envejecido. Unos hablan de cosas, hombres e ideas que estremecieron a México hace medio siglo o más, pero que ahora son ya, fatalmente, ceniza. Otros cifran en la depuración de las prácticas democráticas la cuestión capital y se extravían en grises programas moralizantes. Ninguno se atreve a declarar que su verdadera meta es la destrucción radical de la absurda estructura social que nos contiene y nos ahoga, que es, sin duda, en nuestra hora, el único fin con fuerza suficiente para promover la pasión y el sacrificio de los jóvenes.
Al final queda nuestra culpa. Porque necesariamente la vida de las nuevas generaciones se desplaza sobre el trasfondo que nosotros pasiva o activamente, hemos alzado. Trasfondo tejido de fantasías, deformaciones y mentiras. Sostenemos sin descanso —no sé desde cuándo— que vivimos en la mejor de las patrias posibles y que, para alcanzar justicia y bien, basta continuar en paz el camino; afirmamos que han muerto las ideologías y que por ello lo único importante es dominar una técnica o cultivar una angosta parcela del saber; declaramos día con día que lo vital es mantener incólumes las estructuras que nos legó la Revolución y que, consecuentemente, la inconformidad, la búsqueda de más humanas formas de convivencia y los intentos de formular una nueva problemática política, son propios de posesos, delirantes o, simplemente, criminales. Así hemos construido un ámbito estrecho y sin luces en el que los jóvenes, sin rumbo, destrozan sus grandes alas.
Hemos logrado, claro está, la paz y la estabilidad, pero al mismo tiempo vimos crecer generaciones indiferentes, despolitizadas. Ganamos la tranquilidad fugaz del presente. Pero, ¿a qué precio? Es seguro que quienes mañana gobiernen esta nación estarán capacitados para realizar en el orden material cosas importantes; pero es improbable que entiendan e interpreten el mundo que la rebeldía de los jóvenes está directa o indirectamente preparando.
Todo parece imponer la necesidad de un retorno a las preocupaciones políticas, la vigencia de una crítica constante y alerta de cuanto nos rodea y el imperativo de elevar y extender la acción ciudadana. La posible concesión del derecho a votar a los jóvenes de dieciocho años es un signo prometedor. Pero no es bastante. Votar es un acto condicionado por los mecanismos internos de los partidos o, en el mejor de los casos, un acto que se consume y extingue en las ánforas y llega a ser intrascendente. Lo importante es despertar la dormida conciencia política y permitirle que se exprese, actúe e influya libremente. Y esto no podrá cumplirse con el sencillo procedimiento de sumar el caudal juvenil a los anquilosados partidos existentes, sino por la creación de instrumentos específicos y distintos. El inmedible valor del voto juvenil se concreta en que mantenga su limpia autenticidad. ¿No es ésta —preguntamos a los jóvenes— la hora de crear un partido juvenil de dimensiones nacionales, valiente, ágil, moderno? Si lo hicieran, sería como un renacer. Como una primavera. (20 de julio de 1968)

Alejandro Gómez Arias: ''Conducirlos, no condenarlos''

 Conducirlos, no condenarlos


Esta última semana trazará huella profunda en el futuro inmediato de nuestro país. Una generación lleva ya indeleble la marca de estos días y cuando, desde lo alto de los años, contemple el lejano fulgor de sus querellas, descubrirá sus raíces y sus orígenes. Meditará y, por esto —sin duda— reprochará a nosotros, sus contemporáneos, la superficial, irresponsable manera de entender su conducta y sus reclamos.

No pretendo apreciar el cuadro total. Escucho mejor, desde la orilla, las voces dispersas y en presurosas líneas las escribo. Sin ira, sin rencor, porque a eso sólo tienen derecho quienes en medio de la lucha corren sus peligros.

En una mirada de conjunto se advierte, dominante, la presencia de inconformidades y quereres que desbordan los ánimos académicos. Esto es propio de los movimientos estudiantiles. Es su grandeza y su miseria. Al recoger, a menudo intuitiva y confusamente, las demandas colectivas, se hacen impuros y, al mismo tiempo, se enriquecen con vigor de pueblo, de muchedumbre. Pretender que se limiten a sus intereses específicos es ignorar que el estudiante, y consecuentemente los grupos estudiantiles, forman parte inseparable de un contexto social. Así los conflictos juveniles pueden provocarse, precipitarse, conducirse o desviarse, pero no crearse de la nada. Imaginarlos como un tumulto vacío y sin sentido es simplemente ceguera.

Dicho esto, escuchemos las voces más frecuentes, las explicaciones más generales e insistentes, y dejemos caer un comentario. En primer término la versión que explica el conflicto, por el peso de fuerzas predominantemente ajenas a lo universitario. Tesis que podría encerrarse en el pensamiento de Mao: "Cuanto más tupida es la mies, más fácil es segarla." Hemos agrupado las mieses —dicen muchos— y las hemos segado. Guardados los frutos, gozaremos en paz de un otoño espléndido. Se trata en suma —agregamos— de concebir el conflicto como una acción preventiva que aprovecha la coyuntura apropiada y se desenvuelve. Pero lo que faltaría determinar si esta interpretación fuera válida, es si no hemos evitado hipotéticos males futuros a un precio excesivamente cruel.

Otra explicación se levanta sobre las viejas teorías de la autoridad y la fuerza. La antigua historia de la pequeña gota que derrama el vaso. Las cosas insignificantes que se repiten y cansan e irritan, hasta provocar el ejercicio de un poder desproporcionado; como cuando en la noche aplastamos el insecto que turba el sueño feliz. Lo angustioso de esta versión, si fuera exacta, es su terrible valor como precedente.

Existe una tercera interpretación de los hechos, la autorizada diríamos, la que está en las páginas de los diarios y repiten los políticos: es la explosión en cadena de la violencia desatada; la embriaguez vandálica; la imposición de una minoría desadaptada y rebelde que arrastra a una mayoría inmaculada. Todo esto creado por los siniestros profesionales de la agitación, individuos que son precisos aislar y reducir. Y cuando se logre, la paz idílica, cristalina, reinará en los espíritus.

Es la más frágil de las interpretaciones. Describe el fenómeno pero no determina sus causas; porque lo que habría que dibujar en principio es el camino por el cual una minoría se apodera y modela la voluntad de la mayoría. ¿Terror, pasividad colectiva? Mejor diríamos que existe un proceso mental a cuyo través la mayoría descubre afinidades, razones comunes; es un acto mental o emocional de entrega, que no se realizaría si las motivaciones de los grupos pequeños fueran locas, desorbitadas o ingenuas. Y, de la misma manera, las provocaciones, la labor de los agitadores, se perderían en el silencio si no resonaran en el alma de los jóvenes despertando dormidas rebeldías. El agitador no trabaja con fantasías, ni habla un lenguaje incomprensible; se conforma con descorrer el telón y muestra el drama. Podríamos ciertamente eliminar a los agitadores y hasta silenciar a la turba numerosa de inconformes; pero aún quedarían los libros, los diarios, la catarata de palabras impresas, dichas, murmuradas, desgarradas en cantos o gritos y, además, cuanto nos rodea. Porque el mundo que hemos edificado, o tolerado, no es perfecto ni armonioso, sino un sucio campo cubierto de injusticias desesperantes, que necesariamente conmueve y conforma el alma de los jóvenes.

Pero entonces, ¿qué podríamos hacer? Desde luego, no admitir que somos un grupo de presión negativa. Adelantarnos a nuestro tiempo, iniciar ya la formación de ese mundo que los jóvenes parecen adivinar y prefigurar. Y, sobre todo, dar libre curso al pensamiento juvenil; conducirlo, no condenarlo. Entablar el diálogo constante, permanente. Atender sus problemas cuando se inician, no cuando ya son llamarada. Ceder. Convenir, ser generosos. Ayudarles a distinguir —si podemos— la justicia de la injusticia. Y si accedemos a sus demandas —lo que honraría a cualquier hombre, a cualquier gobernante—, hacerlo no como una dádiva que se arroja de lo alto del poder, sino como una conquista lograda con el sacrificio y la colaboración de los jóvenes. Alentaríamos así no una generación de frustrados sino una generación  segura de sí mismo. . (3 de agosto de 1968)